sábado, 7 de junio de 2014

Capítulo 3 “El paseo inmortal”



Son distintos los elementos y semejantes las intenciones, el color, la textura, el tono de voz, los derroteros, las sensaciones…   Hay un disco de David Bowie girando, hace ya un buen rato. La declamación no siempre es suficiente y precisa, a menudo el repertorio muta y sustenta su transformación en el cambio, repentino, de las miradas que se agitan con frenesí, al compás de un deseo fervoroso.
Hay postales inesperadas y difíciles de omitir; entre el combustible y el comburente en una probeta de dimensiones extrañas, es posible la realización de lo inexplicable.
Aún no asoma San Valentín y el escenario empieza a denotar sinceros colores, un compendio de entramados y matices, cuyo degradé emula el color de la música. La historia es un respaldo de enormes sinsabores, el tiempo es una mentira que nos miente por placer, mientras en la ciudad descansan nuestras ilusiones latentes.
Te miro venir y todo se vuelve experimental, irremediable y exponencial… un repentino horizonte asoma detrás tuyo y mis manos empiezan a temblar junto con todo mi cuerpo, una aceleración de átomos permanente, un estado ideal de la materia, un crecimiento serial de la química corporal.
Nos dijimos mucho con tres acordes y un beso postergado… te dije secretos al oído e inventaste un lenguaje nuevo, que me encargué de aprender, desde que posé mi mirada en un norte vestido de vos.
Sin esperarte apareciste y, a partir de ahí, fue todo un silencio infinito. Ya no era necesario el vocabulario ni el idioma… los besos eran nuestra forma de hablar. Una sincronización exacta que fundió a un haz de luz con un verso anónimo, dando nacimiento a un amor de probeta casi tan inmenso como las olas que bailan al son del diluvio universal.
Etéreos, danzantes, bucólicos, inertes, corpóreos, azulados y embelesados, caminamos por el desfile de multitudes anónimas, nos elevamos sin notarlo, la escena es de antología.
Ya han pasado un puñado de hermosas canciones, sigo pensando, sin detenerme un segundo, en nosotros, en una escultura hecha a base de promesas y prosas indefinidas.
La respiración es un sinónimo de nosotros, un momento en que todo se vislumbra como efecto de causas innatas, una suerte de fenomenología romántica, atravesando a dos seres mortalmente inmortales, producto de un amor que les otorga la potestad de no dejar de respirar nunca.
Bastó un simple abrazo o, tal vez, la pureza de los elementos que nos constituyen, el sonido de la ternura, evocando un par de manos que se aprietan con alegría, mientras contemplan el atardecer, fundidas en el soliloquio de las plegarias.
Somos el instante superlativo, cuando te miro a los ojos, apartando tu flequillo a un lado y te confieso mis ganas de recorrer la geografía de tu piel dormitando, mientras el vals perdura y la noche se detiene a contemplarnos sonrientes, llenos de todo y envueltos en cielo imaginario.
Entonces creamos el laboratorio, mezclamos las virtudes más determinantes y nace lo que nos define, lo que nos identifica, lo que trasciende la lógica y la razón de ser, porque de ser, pasamos a ser más de lo que podemos ser y fundamentamos la existencia del ser, otorgándole la posibilidad de ser, a las cosas que no logran ser.
Y no hay imposibles, apenas si surgen contingencias paranormales, donde ni la ciencia, ni el rigor metodológico, ni la comprensión alcanzan, pues la fe nos origina y nos sostiene, nos eleva y nos permite sentir lo que nadie siente, porque somos esa unidad conjugada en hechos inéditos.
El ramillete de diapositivas que van pasando y completando ese álbum de la alquimia humana, que nos encontró, sorprendidos, un día lluvioso que la posteridad recordará continuamente.
Ayer un encuentro, hoy unas páginas, mañana un amor inconmensurable… la fórmula de la eternidad en nuestras manos, que se encuentran amarradas, caminando por alguna calle casual.

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