viernes, 4 de julio de 2014

Capítulo 7 “Reencuentro después de una vida sin encontrarse" Parte I



Vos me guiás hasta el cielo, donde Dios me espera para reencontrarme con vos y tus manos celestes. Nos agarramos con fuerza y la fe nos llena de vida.
Nos costó el reencuentro, porque la felicidad son gotas que pueden llover intensas o esconderse detrás del gris de esas vidas que pululan por el mundo, sin sentido, sin destino y sin sombras.
Y llovió mucho en nuestras miradas, porque esas lluvias son el efecto del desencanto mundano, la expresión, sincera, de dos almas que se aman, aunque intenten separarlas de su camino hacia el mundo de los inmortales. Nuestro amor es inmortal, porque late, late con el ritmo de la música, con la fuerza del amor y con el fervor adolescente de quienes vuelven a ser dos niños que empiezan a sentir el cosquilleo, pletórico, del enamoramiento.
La solemnidad, el desarraigo, el acto de extrañarse, todo se esfumó cuando seguimos el mandato de nuestros corazones y nos dignamos a amarnos como el cielo lo ha escrito.
Entonces surgió el primer piso de una esquina donde te confesé que mis sentimientos hacia vos no cambian, porque son verdaderos, se reflejan en el agua estancada que brilla con esta luna de entresemana, pura intensidad, irme de tu mano bajo la fría e inhóspita Buenos Aires, llena de misterios y que esconde, entre todos ellos, el secreto de este romance que revitaliza sus colores en cada esquina donde dejamos la impronta de un beso interminable.
Las palabras gozaban de libertad plena para fluir, para escaparse de la prisión de nuestras bocas, para perpetuarse en lenguaje colmado de nosotros y colmarnos de ese paisaje que significa perderse en tu cuerpo vestido de estrellas.
Y el devenir se hizo presente, se potenció casi por antonomasia y así los dos, despojados de terrena existencia, nos hundimos en el mar de la ternura, en el sol de la pasión y en la cima de una montaña que nos encontró fundidos ante la mirada, asombrosa, de quien nos unió.
Es la historia de un amor celestial, de una fábula de laberinto invisible, de un remanso encantado donde fuimos el agua que baja, llena de color, hasta mezclarse con los colores de un lienzo que ilustra un abrazo que nació en la avenida más ancha del mundo y se hizo tan ancho que puedo afirmar que el mundo cabe en él, desde que le dejaste grabado el recuerdo de tu cuerpo.
Vestidos de desnudez, de tímida desnudez, nos reencontramos en medio de un festival, pagano, de besos y suspiros… te dije que el universo éramos nosotros, tomados de la manos, viajando a la velocidad de la luz, en una cama que adornábamos con el frenesí de quienes se sinceran y asumen que la hora del amor ha dicho que es la hora de amar.
Y es quedarme dormido en tu pecho, casi con la misma felicidad que siento al soñar que alguna vez seremos el cuerpo material del amor que el mundo no conoce.
Multitudes de caricias y peregrinaciones de besos viajeros que se encontraron una lluviosa noche de mayo, ese mayo de las flores muertas y los aromas nacientes, que le da la bienvenida a ese invierno que nos encuentra retozando bajo el frío roce de sus manos invisibles.
Te beso los labios, dejo sangrar mi corazón y deshago la geometría del cosmos, mientras vos, liviana y en trance, te caés sobre mi humanidad, derritiéndola hasta que desaparece y se vuelve a reunificar, resucitándome y devolviéndome el calor corporal de un humilde poeta que ama, sin condiciones, a tu piel desnuda de mortalidad, que me deja tocarte el alma con mis manos llenas de plegarias y esperanza de que ya no te vayas de mi vida.
Es suplicarle a Dios, que nos deja ser felices todos los días, que no te pierdas entre los azares del tiempo, que me des la gracia de llenarte de vida y brindarte mi único tesoro, que es el amor que nació de vos en mí y para vos. Que la vida me alcance para construirte un vergel de versos y odas, un patio con un mar donde las olas te escriban canciones y un porvenir donde el amor se corone en semillas que den flores con nuestros genes.
La historia sabe que los amores de fantasía, apenas se conjugan como posibilidades remotas… nuestra historia dice que hay historias que se viven, hasta que Dios nos lleve de viaje por las nubes.
Tomá mi mano con fuerza, que hasta allá quiero llevarte.

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